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Sexo casero

Soy un desastre y una despistada. No tengo perdón, no tengo. Lo admito. Resulta que el día 26 fue el santo de mi hija Anna, y… se me olvidó. Pasó todo el día y yo sin enterarme, hasta que a las nueve de la noche, por una miradita “asesina” de la niña, caí de repente en la cuenta. No es que pueda servir de disculpa, pero resulta que estoy (estaba, porque ya se terminan) de vacaciones, y claro, no sabía en que día me encontraba. Cuando trabajo, tengo la agenda (maldita agenda que acaba con la poca memoria que tengo), y además pongo como tropecientas veces al día la fecha en que me encuentro. Pero, claro, en casa, no sabía si era 24, 27 ó 30.

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Y para colmo de males, se entera que puse un post para felicitar el santo a mi hermanita. Y claro, a la niña solo le faltó manifestarse con una pancarta que rezara así: “Quiero un post, quiero un post”. Pues, vale, aqui lo tiene. Y ahora que se fastidie si no le gusta lo que digo de ella (en venganza por el mal rato que me hizo pasar).

De esta niña veinteañera he dicho ya muchas cosas. Es Escorpio, como su padre, y como él, igual de cabezota, así se lleva de mal con su progenitor, aunque en el fondo ella es la niña de sus ojos.
Es organizada, ya lo he dicho otras veces, tanto que los cajones de su escritorio o de las mesillas de su habitación, están ordenados al milímetro. No exagero. No puedes tocarle nada porque enseguida nota que no está en la posición exacta en que ella lo puso.

Es ahorrativa. En sus bolsillos el dinero se multiplica. En esto debe parecerse a mi hermana.
Es buena estudiante, es lo único bueno que debió sacar de su madre. Ha sacrificado este verano para sacar un curso que amplia su preparación.
Vamos, que la verdad, es que no tengo mucha queja de ella. Es un pelin pejiguera con eso del orden y la limpieza.

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En la pista de baile las parejas seguían evolucionando al ritmo del acordeón de Quico, y entre ellas, Irene y Rafael, a los que yo no quitaba ojo. El brazo musculoso y moreno de Rafael rodeaba, suavemente pero con firmeza, la cintura de la mujer. Ella apoyaba suavemente una mano en el hombro de él y la otra estirada, como convenían las antiguas normas del baile. Yo los observaba sentada en una silla, un poco retirada de la plaza, esperando. No sabía que era lo que esperaba, pero estaba segura de que esa noche era especial y algo estaba por suceder. Poco a poco, la pareja sin dejar de bailar fue separándose del resto de los danzantes. Luego se soltaron y se fueron alejando de la plaza, paseando. Mi madre me había Libros gratis que no me moviese de los alrededores, pero yo quería saber a dónde iban. Así que busqué con la mirada a mis padres y los vi bailando. Parecía que, por una vez, estaban disfrutando y seguramente yo volvería antes de que se diesen cuenta de mi ausencia. Me levanté de la silla, pero antes de marcharme me fijé en una figura silenciosa que apoyada en una farola no dejaba de observar a mi madre. Era D. Hermenegildo y no me gustó su mirada. Tenía que marcharme si no quería que Irene y Rafael se me despistasen, pero no pude evitar que un extraño desasosiego me inundase.

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La pareja iba acelerando el paso a medida que se alejaban del centro del pueblo y yo les seguía a una distancia prudencial para no ser descubierta. Dejaron las casas atrás y pensé que quizá se dirigían al descampado donde estaban los carromatos del circo, hasta que me di cuenta que cogían el camino que llevaba directamente al caserón abandonado. Era ésta una gran casa antigua con una historia extraña. Al parecer el dueño era un vecino del pueblo que en su juventud había emigrado a América. Allí debió hacer fortuna y volvió ya casado y con un hijo adolescente. Trajo también con él a un muchacho negro que todos decían que era su esclavo. Mandó construir aquella gran mansión y se hizo llamar Barón, aunque nadie sabe de dónde sacó el título. El caso es que al cabo de los años, una calurosa noche de verano, se declaró un gran incendio que arrasó por completo una pequeña casita donde vivía el criado negro, a quien todos llamaban Toby.

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No podía dormir, me daba cuenta que esta vez no había sido como las otras en las que había visto follar a mis padres. Estaban enfadados, discutiendo, insultándose, y sin embargo, tenía la impresión que había visto el deseo reflejado en sus ojos. ¡Qué extraños son los adultos! pensé, pero yo misma me había sentido excitada al presenciar esa escena. Sentía en mi coño mojado un extraño palpitar, unas ganas enormes de tocarme ese punto escondido que me hacía temblar las piernas cuando, como si hubiera sido atravesada por un rayo, algo se expandía por todo mi Descargar juegos para pc.

Recordaba la primera vez que lo había hecho y cómo me asusté. Pensé que Dios me había castigado por eso y que moriría sin remedio, tanto era el miedo al pecado que nos inculcaban en la iglesia. Juré y juré que nunca más volvería hacerlo. Prometí, mirando al cielo que si Él se olvidaba de lo que había hecho, sería la mejor niña del mundo, haría cualquier sacrificio, me metería a monja si era preciso. Pasaron unos días y me di cuenta que nada ocurría, si eso era un pecado mortal como decía el señor cura, allá arriba no se habían enterado, y volví a hacerlo. Y luego pensé que si me hacía sentir tan bien, si aquello me proporcionaba ese enorme y extraño placer, no podía ser tan malo.

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Unos años más tarde, con mi mejor amiga María Rosa, descubrí el placer de la caricia de otras manos… ¡cómo quise a esa niña!.